Valencianos
ilustres
José
Serrano Simeón
El
maestro José Serrano Simeón nació en Sueca
(Valencia) en el año 1878. Su padre, que era director de
orquesta, lo introdujo en el mundo de la música. A los 16
años, se trasladó a Valencia para estudiar música
con el maestro Salvador Giner.
Obtuvo una beca para estudiar en Madrid, ciudad a la que viajó
con todas las partituras que había compuesto, las que merecieron
la aprobación de los maestros Bretón y Chapí.
Su historial de compositor está jalonado por grandes éxitos
como “Gigantes y Cabezudos”; “El motete”;
“La Reina Mora”; “Moros y Cristianos”; “Alma
de Dios”; “La alegría del batallón”;
“El carro del sol”; “La canción del olvido”
y “La Dolorosa”, esta última estrenada en el
teatro Apolo de Valencia en 1930.
En el año 1923 y por encargo de la Diputación de Valencia,
compuso el himno conmemorativo de la coronación de la Virgen
de los Desamparados.
El 16 de mayo de 1925, en la plaza de toros de Valencia, la obra
que había compuesto como himno de la Exposición Regional
de 1909 se convirtió en el Himno Regional Valenciano, cuya
letra es obra de la inspiración de su amigo y colaborador
Maximiliano Thous.
La Banda Municipal que interpretó esta obra -ya como Himno
Regional- fue dirigida por el propio maestro Serrano.
También es autor de la música del pasodoble “El
Fallero”, que fue estrenado durante las fiestas falleras de
1929, con letra también del maestro Maximiliano Thous. Fue
tal el éxito popular de esta música, que desde entonces
se la considera el himno de las fallas.
El maestro Serrano, orgullo de la música valenciana, dejó
de existir en el año 1942.
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Vicente
Blasco Ibañez
Este ilustre
literato nacido en Valencia, cursó estudios de leyes e inició
su vida pública en el periodismo. Su talento, sus iniciativas,
su temperamento, lo llevan a fundar el periódico “El
Pueblo”, diario vibrante, moderno, y en los seis o siete años
en que escribe en el mismo se adueña del espíritu
de muchos valencianos, que ven en él a un hombre preclaro
y de talento, que vibra con entusiasmo por España.
Madrid le abre sus puertas y en las redacciones de los diarios,
en las tertulias literarias, círculos políticos y
hasta en el Parlamento se acogen con simpatía las manifestaciones
del novel periodista valenciano, cuya portentosa fertilidad de escritor
le permite escribir a diario dos o tres artículos y un folletón.
Los diarios madrileños se disputan sus crónicas y
Blasco Ibañez sigue fecundo publicando sus colaboraciones
en crónicas literarias y cuentos.
Su espíritu aventurero le inclina a viajar y es así
que emprende el camino que le llevará a Turquía. Las
impresiones de este viaje se transforman en la novela “Oriente”,
rica y amena, donde ya apuntan sus ambiciones. Blasco Ibañez
es el escritor español que ha recorrido más países
y el empresario de las más variadas empresas. Vino a la Argentina
con el propósito de colonizar. Fundó dos colonias:
“Valencia” y “Cervantes”.
La fertilidad de su pluma fue inagotable y su celebridad mundial
se acrecentó con películas basadas en sus novelas
como “Sangre y Arena”, “Los cuatro jinetes del
Apocalipsis”, “Mare Nostrum” o “Cañas
y Barro”
Solamente de
“Los cuatro jinetes del Apocalipsis” se vendieron más
de cuatro
millones de ejemplares y hasta en el milenario Japón fueron
conocidas sus novelas
y proyectados los films sobre las más famosas.
Otras novelas de su autoría han sido: “La araña
negra”, “Arroz y tartana”, “Entre naranjos”,
“La barraca”, “Sónica la cortesana”,
“El papa del mar”, “Los muertos mandan”,
etc. .Este ilustre literato valenciano murió en Mentón
(Francia) el 28 de enero de 1928.
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El
Papa Calixto III
Según
la leyenda, fray Vicente Ferrer profetizó a los padres de
aquel niño recién acristianado en Játiva con
el nombre de Alfonso, el 31 de diciembre de 1378, que no sólo
sería Papa sino también impulsor de su canonización,
vaticinio que los señores de Canals acogieron perplejos,
dadas las circunstancias de la Iglesia, dividida entonces por un
cisma que generó el asentamiento de dos sedes pontificias:
la de Roma y la de Avignon.
No obstante el joven Borja fue orientado hacia el sacerdocio y en
concreto la obediencia a Benedicto XIII, más conocido como
el Papa Luna, a quien serviría hasta que el rey Alfonso V
el Magnánimo le instó al apoyo del clero romano y
a mediar entre ambas partes para resolver definitivamente el conflicto.
Tales empeños le valieron el obispado de Valencia y la púrpura
cardenalicia.
Once años después, asiste al cónclave y sale
elegido nuevo sucesor de San Pedro, tomando el nombre de Calixto
III.
Fumata blanca para el primer vicario de Cristo valenciano, fervoroso
paladín de la Cruzada antiturca, que vendió joyas,
obras de arte y preciosos ajuares de la Iglesia, incluso la propia
tiara papal, con el fin de reunir los fondos necesarios para acometer
con éxito la conquista de Constantinopla en manos infieles
y un tanto abandonada por todos los príncipes cristianos.
El papa Calixto
III gozaría de un breve pero intenso gobierno, dedicado más
a la guerra santa que a la paz y al mecenazgo cultural, lo que no
impidió que le restara tiempo para rehabilitar a Juana de
Arco, instituir la fiesta de la Transfiguración del Señor
y empeñarse en el proceso que llevaría a los altares
al célebre dominico Vicente Ferrer, cuyas predicciones acabaron
cumpliéndose a los setenta y cinco años de aventurarlas.
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Guillem de Castro
Cada miércoles,
al caer la noche, por la calle del Mar transitaban las mismas almas,
sujetos que, una vez atravesado el umbral de la casa Catalá
de Valeriola, perdían su identidad para llamarse entre sí
con seudónimos como Miedo, Descuido, Sombra, Tiniebla y otros
similares.
Todos fueron miembros de la prestigiosa Academia de los Nocturnos,
círculo que aglutinaba a los mejores intelectuales valencianos
de la época. Uno de los fundadores, el que atendía
por Secreto, era Guillem de Castro y Bellvis, literato genial, intrépido
capitán y pertinaz seductor, nacido en 1569.
Desde su juventud ganaba a menudo las justas poéticas de
la ciudad, obteniendo reconocimientos que Lope de Vega, íntimo
amigo suyo, ensalzaría así ante la Corte de Madrid,
cuando lo introdujo en ella: “Entró don Guillem de
Castro/Caballero de Valencia/que ha igualado heroicamente/el ingenio
y la nobleza”.
Cumplida la misión de combatir a los berberiscos, Guillem
se instala en la villa donde frecuenta a los grandes autores del
Siglo de Oro español: Tirso de Molina, Góngora y Calderón
; sigue las pautas literarias imperantes, escribe en castellano,
adopta las renovadoras fórmulas teatrales aportadas por Lope
y las incorpora a la escuela dramática valenciana.
“Los malcasados de Valencia” o “La tragedia de
los celos” lo acreditan. Sin embargo “Las mocedades
del Cid”, en la que se inspirará el dramaturgo francés
Pierre Corneille para escribir “Le Cid”, es su obra
maestra.
Dos matrimonios y diversas escaramuzas de alcoba, deudas y adulaciones
para remediarlas, redondean el apunte de un hombre en cuya tumba
podría haberse escrito este epitafio: “Dominaba el
arte de la pluma, de la espada y de la lisonja”.
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Pedro I “El Grande”
En el lecho
de muerte, Jaime I, vestido con el hábito del Císter
y la empuñadura de la espada al alcance de la mano, hizo
entrega de ella al primogénito de sus diez hijos legítimos
y sucesor en la tarea de gobernar el Reino. “Dios ama a los
reyes que aman a su pueblo”, dijo, apenas sin aliento. Luego
expiró. Y el Infante, aquel 27 de julio de 1276, fue reconocido
por sus vasallos como Pedro I de Valencia, II de Cataluña
y III de Aragón.
Culto, prudente y leal, denominado “El Grande” por el
éxito de sus empresas en tiempos de guerra y de paz, lo ratifica
la historia, el nuevo monarca combatió con la espada a los
moriscos rebeldes, redujo las conjuras de nobles catalanes y aragoneses,
contrarios al poder de los Fueros Valencianos y las pretensiones
de su hermano Jaime, capaz de venderle al enemigo para arrebatarle
la Corona. La mayor hazaña suya, conquistar el reino de Sicilia,
bajo el yugo francés desde 1265, le reportaría no
obstante, la excomunión decretada por el pontífice
Martín IV, una marioneta política en manos del rey
de Francia.
Pero también Pedro I extrajo frutos de la paz: poemas amatorios
y caballerescos escritos en lengua provenzal y la concesión
de los privilegios recogidos en el Privilegium Magnum que comprenden,
entre otros, un mayor protagonismo de los gremios, donaciones al
común de la ciudad del río y las ramblas, nuevas libertades
económicas y sobre todo el Consolat del Mar, código
oficial que reglamentaba los pleitos de la navegación y del
comercio marítimo con otros países.
Sus restos reposan en el Monasterio de Santes Creus, y el alma,
aunque absuelta de pecado por la Iglesia antes de morir, nunca sabremos
si goza de favores divinos. En cualquier caso, para Valencia fue
un gran rey.
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Luis de Santángel
En el año
1492, el llanto de Boabdil cuando las tropas cristianas lo expulsaron
de Granada -último reducto musulmán en la península-,
le costó caro a la Corona. La larga guerra contra el sarraceno
había vaciado las arcas reales, hasta el punto de que, tres
años antes, Isabel la Católica tuvo que empeñar
sus propias joyas, precisamente en la ciudad de Valencia, para contribuir
al definitivo éxito de la empresa. Cristóbal Colón,
perdida toda esperanza de que España le costeara aquel quimérico
viaje hacia las Indias Occidentales, abandonó la Corte de
Santa Fe, con el fin de proponer la aventura a monarcas extranjeros
más solventes.
Enterado de ello, el rico caballero valenciano Luis de Santángel,
scrivá de raçó de don Fernando, lo detuvo garantizándole
una nueva entrevista con los reyes, a quienes ofrecerá un
préstamo de diecisiete mil florines de oro, destinados a
sufragar la singladura.
Y efectivamente así se hizo, según reseñan
los cronistas Viciana, López de Gomara,
Garay, y consta en un libro de cuentas del Archivo de Simancas.
Documentos que niegan la leyenda recreada por el arte y la literatura
en la que las
alhajas de doña Isabel aparecen como patrocinadoras del descubrimiento
de
América.
El marino, agradecido, escribe a Santángel desde las Azores
una carta que también
se conserva, contándose pormenores de la hazaña imposible
sin su extrema
generosidad. Por otra parte, la Corona, resarcida de tanto gasto
y con el objeto de
que el histórico hallazgo se le atribuya sólo a Castilla,
devuelve el depósito al
financiero, un judío converso, a quien España le debe
que nadie le arrebatase la
gloria de ensanchar los horizontes del planeta.
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